VICENTE BLASCO IBÁÑEZ


LA BODEGA

—NOVELA—

19.000

F. Sempere y Compañía, Editores
Isabel la Católica, 5  Salas, 4 (Sucursal)
VALENCIAMADRID

Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.aValencia

Capítulos:I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X


I

Apresuradamente, como en los tiempos que llegaba tarde a la escuela,entró Fermín Montenegro en el escritorio de la casa Dupont, la primerabodega de Jerez, conocida en toda España; «Dupont Hermanos», dueños delfamoso vino de Marchamalo, y fabricantes del cognac cuyos méritos sepregonan en la cuarta plana de los periódicos, en los rótulosmulticolores de las estaciones de ferrocarril, en los muros de las casasviejas destinados a anuncios y hasta en el fondo de las garrafas de aguade los cafés.

Era lunes, y el joven empleado llegaba al escritorio con una hora deretraso. Sus compañeros apenas levantaron la vista de los papeles cuandoél entró, como si temieran hacerse cómplices con un gesto, con unapalabra, de esta falta inaudita de puntualidad. Fermín miró coninquietud el vasto salón del escritorio y se fijó después en undespacho contiguo, donde en medio de la soledad alzábase majestuoso unbureau de lustrosa madera americana. «El amo» no había llegado aún. Yel joven, más tranquilo ya, sentose ante su mesa y comenzó a clasificarlos papeles, ordenando el trabajo del día.

Aquella mañana encontraba al escritorio algo de nuevo, deextraordinario, como si entrase en él por vez primera, como si nohubiesen transcurrido allí quince años de su vida, desde que leaceptaron como zagal para llevar cartas al correo y hacer recados, envida de don Pablo, el segundo Dupont de la dinastía, el fundador delfamoso cognac que abrió «un nuevo horizonte al negocio de las bodegas»,según decían pomposamente los prospectos de la casa hablando de él comode un conquistador; el padre de los «Dupont Hermanos» actuales, reyes deun estado industrial formado por el esfuerzo y la buena suerte de tresgeneraciones.

Fermín nada veía de nuevo en aquel salón blanco, de una blancura depanteón, fría y cruda, con su pavimento de mármol, sus paredes estucadasy brillantes, sus grandes ventanales de cristal mate, que rasgaban elmuro hasta el techo, dando a la luz exterior una láctea suavidad. Losarmarios, las mesas y las taquillas de madera oscura, eran el único tonocaliente de este decorado que daba frío. Junto a las mesas, loscalendarios de pared ostentaban grandes imágenes de santos y de vírgenesal cromo. Algunos empleados, abandonando toda discreción, para halagaral amo, habían clavado junto a sus mesas, al lado de almanaques inglesescon figuras modernistas, estampas de imágenes milagrosas, con su oraciónimpresa al pie y la nota de indulgencias. El gran reloj, que desde elfondo del salón alteraba el silencio con sus latidos, tenía la forma deun templete gótico, erizado de místicas agujas y pináculos medioevales,como una catedral dorada de bisutería.

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